martes, 4 de agosto de 2009

El Perfume de los Libros - Capítulo II


Capítulo II
El viejo Martí tendría 80 años.
Había sido Profesor durante muchos años, un gran profesor, dicen… porque en realidad hacía más de 30 años que no hablaba con nadie.
Solo se limitaba a refunfuñar a través de su ventana, regar las plantas y muy de vez en cuando a sentarse en la galería de su casa a fumar un cigarrillo, cuando el atardecer le solicitaba….

Ni siquiera se molestaba en ir al almacén: Pepe, el pequeño hijo de Don Julio, el almacenero, le tomaba el pedido (una gran lista escrita en un sobre sellado con lacre), y se lo llevaba de a tandas, una vez al mes…
Nunca en 30 años se vio una visita que tocara su puerta…
Nunca en 30 años se conoció un familiar…
Nunca en 30 años se supo que una mujer compartiera su soledad…

Lo único que el barrio conocía de él, era su virtud como aficionado a la lectura; y su don de coleccionista de libros… atributos que él mismo hiciera público durante su desempeño académico en la universidad de la ciudad a 15 kilómetros del pueblo, donde enseñó hace ya, más de 3 décadas.

Y miren si era pública su afición, que mientras ejercía la enseñanza, estudiantes, colegas, y otros estudiosos, se hacían llegar hasta su casa para conocer su meritoria colección.
Y si…. él, orgulloso y feliz, abría las puertas de su universo literario a quién quisiera y pudiera disfrutar de tan valiosos tesoros cosidos y encuadernados.

Eran otros tiempos… cualquiera podía acercarse y pedirle que le cuente algún relato, o lo lleve a alguna ciudad o época de antaño, batalla, acontecimiento, suceso… cualquier episodio de la historia real, ficticia, imaginada, soñada….
Era como una máquina del tiempo…
Cada centímetro de cultura escondido en cada rincón de su maravillosa creación…

Cualquiera podía acercarse y pedirle ayuda, información o siquiera, como era mi caso, pedirle que me dejara sentir el incomparable aroma que tanto saber hecho papel de madera podía emanar de aquellas viejas estanterías de roble…
Era su orgullo, su felicidad… su lugar mágico en el mundo…

Hasta que un día todo cambio….

A unos kilómetros de ahí, en la ciudad, y gracias al valioso aporte de un egresado universitario de esa misma casa de estudios, devenido en alto funcionario del gobierno y otrora alumno de Don Martí, anuncian la creación de la primer biblioteca pública, subvencionada con fondos del gobierno y destinada a satisfacer las demandas de los alumnos de todos los niveles de enseñanza.
Hasta acá no habían surgido inconvenientes… todo seguía igual, solo hasta acá

El gobierno envía a comprar una antigua mansión de 4 pisos, de más de 200 metros cuadrados por nivel, adornada por columnas de mármol, altos techos con pintadas del siglo pasado y grandes vitrales alegóricos.

Además tramita por encargo, el sobrante de estanterías de roble y ébano que formaban parte de la vieja Biblioteca de la capital del país; partes que no volverían a ser utilizadas por la casa de altos estudios ya que habían remodelado en favor de la “bendita” modernidad imperante.

En fin, todo un homenaje al libro…. Un museo digno de su muestrario, una maravilla arquitectónica al servicio de la cultura… sólo esperaba conocerse el volumen y la calidad de huéspedes al que tan soñado anfitrión podría recibir.

Don Martí sonreía… inclusive había participado de la restauración y la inauguración del edificio; ansioso, expectante por conocer la calidad y por sobre todas las cosas, la cantidad de visitantes que albergarían tan ilustre edificio.

Como buen amante del género, preguntaba todos los días en la recepción de la Universidad, y en la oficina del jefe comunal: Cuando, por fin, llegarían los libros…
Inclusive se anoto para colaborar en la recopilación, y archivo de los ejemplares.
Pasaban los días, y los meses… y nada llegaba aún, nada… nada bajaba de los corroídos vagones de tren que comunicaban al pueblo con la ciudad… y así, el maravilloso edificio, que tan artesanalmente reciclado esperaba por sus protagonistas, fue estandarte y testigo fiel del incipiente temor que crecía con los días y las noches y los sueños del profesor Martí; un temor que se hizo cada vez más agudo y termino de devorar sus pensamientos…

Qué pasaría si el pueblo, su gente, amigos, alumnos, colegas dejaran de admirar su tesoro…
Qué pasaría si después de instalada esa “dichosa” biblioteca no quisieran ya recorrer su pequeño mundo de ficción…
Qué pasaría si no quisieran ya viajar más en el tiempo de su mano y gracias a su poderosa invención literaria…
Qué pasaría si su biblioteca no fuese más el escenario imaginario de mil batallas, de mil sucesos, de miles de coronaciones…
Qué pasaría si sus libros dejasen de ser motores de cientos de sonrisas y de gracias compartidas…
Qué pasaría si sus libros, no fueran ya más parte de su pueblo, y caigan en desgracia y olvido como les paso a esos viejos títeres que habían dejado de divertir a los más grandes, y entonces quemaron, allá cerca de la vieja estación

Qué pasaría?

Como iba a hacer el profesor Martí para evitar que esto sucediera; para que ninguno de estos presagios se cumpla; para que esta inesperada cruzada de propagación cultural no lo catapulte al abismo de la indiferencia…
Algo tenía que ocurrírsele; alguna solución iba a encontrar…

Y si no se le ocurría nada, tampoco debía preocuparse demasiado; después de todo, los ignorantes del pueblo nunca irían a desperdiciar su tiempo a la biblioteca, no podrían hacer silencio en su sala para entregarse a la magia de la lectura, ni aún maniatados…
Ni siquiera podrían entender el significado de tantos valiosos volúmenes organizados; mucho menos aprender a disfrutar de un verso o una prosa, a la luz tenue y mágica que devuelve un vitral…
Imposible que entiendan todo eso… imposible

Por unos día la tranquilidad le volvió al cuerpo, y sobre todo a su mente… solo por unos días, y de a ratos… porque había momentos, sobre todo cuando estaba frente a sus vecinos que se acercaban a escuchar sus relatos como de costumbre, en donde sentía una insoportable sensación de rechazo frente a ellos;
un prejuicioso sentimiento de intolerancia… inagotable, insoportable, que solo descansaba cuando la última persona se iba de su casa… cuando solo él compartía consigo mismo las sensaciones provocadas por una frase, línea o idea que dejaba escapar alguna página de algunos de sus libros.

Su intolerancia iba creciendo… y su más profundo temor comenzaba a tomar forma: en algún momento, algún día, iban a preguntarle si la nueva biblioteca del pueblo será mas grande y completa, si era mejor que la suya… y eso no iba a poder soportarlo!!

Tenía que hacer algo… antes que sucediera lo peor… tenía que estar listo.

Hasta que un día, cuentan aquellos que estuvieron presentes, todo fue luz para Don Martí… había descubierto sin pensarlo la manera de hacer de su biblioteca, la más increíble y original… única en su tipo… simplemente maravillosa a los sentidos!! A los sentidos de los eruditos y a los de aquellos, como nosotros, mediocres lectores que seguíamos sin entender como lograban coser los lomos de los libros mas antiguos…

Fue en un salón de su clase cuando pregunto a sus alumnos, que olor o aroma debería tener “la Divina Comedia” de Dante:
A pasta italiana, contestaron unos, a tinta vieja contestaron otros… mientras Martí trataba de conservar su buen humor, esforzando al máximo su capacidad para aplacar la bestia de la intolerancia que le crecía, segundo a segundo…
Se siguieron las respuestas graciosas, burlonas, propia de jóvenes hasta que martí, dando un golpe de puño a su escritorio grito:

“Azufre!!!!
No entienden que el infierno tiene olor a azufre….?????
Este libro debería tener olor a azufre…”

Éste, dicen los que estuvieron presentes, fue el comienzo de su final… la puerta de entrada de a su infierno… el vaticinio de su impostergable y anunciado purgatorio.
Y si… tal como lo había hecho Dante, nuestro protagonista recorrió mucho y largo camino; en lugar de hacerlo por el purgatorio, lo hizo alrededor de la tierra; todos y cada uno de los continentes, hasta los lugares más recónditos y remotos de este mundo, sirviendo a su afán de encontrar el olor, el perfume que cada libro de su extensa biblioteca debería tener…
Esto será algo que ninguna biblioteca, ni la mismísima biblioteca de Alejandría tuvo en su esplendor… esto será algo único e irrepetible, se repetía a si mismo todo el tiempo.

Un día, lo vimos salir rumbo a la estación… con prisa, urgido… sin haberse siquiera despedido de los vecinos, sin haber renunciado a sus clases… sin haber dicho como, cuando y en donde los insatisfechos habitantes de este pueblo íbamos a seguir alimentando nuestra curiosidad literaria.

Llevaba consigo una valija en una mano y un cuaderno de tapa dura en la otra. Alcanzo a explicarle su ambiciosa empresa a Don Julio (el almacenero) quién, obviamente, se encargó de contárnoslo al resto de nosotros…bah, en realidad explico lo poco que pudo entenderle, a su manera, pobre Don Julio:

…“se fue a buscar arena para ese libro que nos leía… ese que hablaba de unas pirámides…”

Prometió volver en un año, dijo Don julio… y además dijo que iba a lamentar no poder estar presente el día que lleguen los libros que había prometido el gobernador hacia ya unos meses para la biblioteca popular…

Una lástima le dije yo, porque se iba a perder el baile que el pueblo iba a organizar para la inauguración de la biblioteca más grande del mundo!!!! Agregó Don Julio

Último puñal, a modo de despedida…

Y se fue…

El Perfume de los Libros - Capítulo I


Capítulo I

Como nunca antes, el barrio estaba conmocionado:
Que digo el barrio…. El pueblo!!!
El pueblo entero estaba paralizado.
Patrulleros policiales, bomberos, el juez de Paz, autoridades sanitarias, ambulancias…hasta una grúa!!!!
Sirenas, corridas, murmullos….
Todo el pueblo estaba ahí.
Nadie entendía nada;
Todos se preguntaban qué había pasado.

Casi sin darnos cuenta, la extensa muralla de personas, todos vecinos, que observábamos atónitos detrás del gran vallado policial, nos agolpamos espontáneamente en torno a Clara, que disimuladamente se acomodaba el pelo y se peinaba las cejas, para estar a tono enfrente de las cámaras de televisión…
Ah!!! Porque el barrio tampoco se privo de los medios locales, con sus micrófonos y aires televisivos.

Si, si… no me olvido de Clara, la vecina del viejo Martí, y la que armo todo este lío con un simple llamado telefónico…. Siempre en plan de hacernos creer que el rosado de sus mejillas es natural, se paró delante de las cámaras y luego de arrebatarle el micrófono de las propias manos al joven notero se propuso terminar con el misterio que desde hacía horas tenía en vilo al barrio:

Hacía más de una semana que Doña Clara se había comunicado con la policía y con la operadora de turno comunal…. Había escuchado un fuerte ruido (parecido al que hace el viejo chevy de su marido, cuando le dan arranque después de varios días… según sus palabras).
Y desde hacía unos días, estaba sintiendo un fuerte olor, nauseabundo, como si algo o alguien estuviera descomponiéndose… proveniente de la casa de su vecino, el señor Martí.
A sabiendas de la poca predisposición del viejo Martí, y como era su costumbre, desde hacía ya varios años, de no atender la puerta ni el teléfono, se dispuso a pedir la intervención de las autoridades, ya que el olor hacía que todos los perros del barrio estuviesen a su puerta, y le destruyeran sistemáticamente todas las bolsas de basura que ella sacaba cada noche.
Imagínense….!!!!

Como una turba hambrienta de chisme, desesperados por capturar la primicia, entre codazos y estampidas nos abrimos paso al vallado policial y exigimos, si!! exigimos, que tiraran la puerta abajo para develar el misterio, el interrogante que nos estaba devorando la razón desde hacía ya, mas de una hora de burocracia y papelerío comunal….

La voluntad del pueblo fue escuchada… sobre todo si se trata de una enmarañada jauría de septuagenarias, ávidas de chismes. Desesperadas por levantar un suceso y hacerlo eco, sin premeditación alguna en la próxima esquina.

Forzaron la puerta y entraron…entramos… Matilde, la incansable trabajadora de la quiniela del barrio, presenció el espectáculo casi al lado del oficial, que encontró mas dificultoso contener a las genuinas y espontáneas vecinas cronistas que a la hinchada del club social, que domingo a domingo se trenza en escaramuzas con la hinchada rival.

De nada sirvieron sus esfuerzos, y todos los ahí presentes, además de contaminar la escena, pudimos ver el cuerpo sin vida, en plena descomposición, del viejo Martí.

Derrumbado en el escritorio de su viejo y polvoriento estudio, entre papeles, flores secas, tabaco, cartas y fotos… y el hedor, el hedor propio de la muerte.

Mucho más que el espeluznante regadero de sangre que había provocado el disparo que salió del arma que todavía calzaba, mucho más que eso, nos asombró, nos llamó la atención lo que tenía en su mano izquierda….
Lo que todavía sujetaba firmemente…

Un libro…